“Solo habrá democracia
Cuando los mas débiles
Tengan la misma posibilidad
De justicia que los poderosos"
Alan Tourine
Cuando escuchamos nuestro himno nacional nos retumba de manera muy precisa la expresión libertad, libertad, libertad, sin lugar a dudas que en el contexto social de un país esa palabra encuentra analogía con su pariente directa igualdad, la única forma de ser libre pasa primero por ser iguales.
De ninguna manera cuando decimos iguales pensamos en que todos tenemos que usar los mismos pantalones, camisas o polleras, la palabra igualdad refiere a un cúmulo de posibilidades que el estado debe garantizar a todos sus ciudadanos con independencia de genero, clase social o gustos sexuales, el estado que somos todos, no puede ser mas para algunos y menos para otros, cuando esa premisa no se cumple estamos ante una discriminación.
Ahora bien las discriminaciones pueden ser positivas o negativas, son positivas cuando las preferencias quedan en lugar de las minorías como una forma de alentar procesos igualatorios y son negativas cuando el largo brazo de las mayorías o de los poderosos aplasta como una forma de imposición.
La discusión sobre el matrimonio homosexual cumple con todos los argumentos básicos de un caso de discriminación negativa, los homosexuales han sido siempre estigmatizados aun lo son, como enfermos, anormales, degenerados y toda la diatriba que la imposición cultural se encarga de encasillar para evitarse de tratar de entender lo diferente.
Las consecuencias sobre esas personas han sido y son terribles, no hay compasión, condenados a vivir bajo formas de ocultamiento o en su defecto llevados a márgenes periféricos solo por el temor que el hecho de asociación pueda situarnos como proclives a esa condición, cuando lo primero que debería prevalecer en cualquier análisis de esta o otra circunstancias es la condición humana de la persona.
Cuanto mas cerca se percibe la mera posibilidad de una aprobación aparece la verdadera cara de una ideología que rémora a conceptos inquisitorios que duelen escuchar pues sitúan históricamente en tiempos medievales, guerra de Dios, o envidia del demonio son frases que marcan hasta donde son capaces de llegar para tratar de impedir la desestabilización de un dogma.
El dogma es impermeable al paso del tiempo, no se puede discutir ni pensar solo aceptar, el dogma es acritico, por ello su condición solo debe imperar sobre aquellos que voluntariamente lo acepten como tal, nunca el dogma puede imponerse sobre el conjunto, el matrimonio es un derecho civil y normativo, por lo tanto sujeto a modificaciones como cualquier ley (de hecho ya la tuvo), la ceremonia religiosa puede adscribirse sin ningún impedimento a su estructura dogmática y reservarse la admisión, hasta ahí llega, ese es su limite, la separación entre iglesia y estado no puede ser un mero hecho declamativo, somos una republica no un estado teocrático.
Alguna vez leí que “fundamentalista no es aquel que esta dispuesto a morir por una idea, sino aquel que esta dispuesto a matar por ella”, entendiendo la expresión no desde el hecho fáctico de la muerte, sino desde los limites que marcan la prevalencia de los fines sobre los medios, la diferencia entre unos y otros es entender que el resultado final no es la versión bíblica del Apocalipsis.
Desde esta columna quiero expresar mi mas conciente apoyo al matrimonio entre homosexuales y todos los derechos subyacentes, espero que este miércoles todos puedan sentirse mas iguales, que no será otra cosa que sentirse mas libres, de nada me sirve ser libre individualmente si esa condición no es alcanzable para todos aquellos que conviven en lo que hemos decidido llamar sociedad.